Hacia un nuevo concepto de propiedad de la empresa.

 

Guillermo Yáñez C.

Para aquellos hombres y mujeres formados en las ciencias del Derecho, el concepto de propiedad de la empresa pareciera resuelto categóricamente. Similar cosa ocurre con aquellos profesionales de las disciplinas contables, quienes podrán señalar que de acuerdo a los mismos principios que rigen su actividad, los dueños de la empresa son los propietarios del patrimonio de la misma.  Incluso algunos lectores del área de las finanzas coincidirán en la validez de tal afirmación, es decir, ¿quién más sino aquellos que aportan el capital de la empresa pueden atribuirse la propiedad de la misma?

Lo cierto es que esta definición carece de fundamento. Este argumento tan simplista, ha originado una serie de contradicciones en los actores de la empresa que los han llevado a no entender cabalmente los conflictos de intereses que hacen que a veces los gerentes actúen en favor de otros actores que no son precisamente dueños del patrimonio – tal como ocurriese en el polémico caso “Chispas” en 1997 – o bien que algún cliente importante fuese el autor intelectual del plan estratégico de algún proveedor suyo – algunos ejemplos de esto último se encuentran entre líneas al analizar las denominadas “alianzas estratégicas”-.

Ya a principios de siglo, comenzaban a surgir investigaciones serias en torno a la necesidad de definir a la empresa como una armoniosa maraña de contratos proveniente de distintas relaciones de principal-agente, esto es, quien delega una actividad a un tercero de manera de que este último tenga incentivos a actuar en favor del primero. Desde luego, entender a la empresa como el núcleo de tales relaciones contractuales permite comprender lo “esotérico” de la naturaleza misma de una firma. Así, ¿quién puede adjudicarse la propiedad de algo tan incorpóreo como una empresa?

Por otra parte, la literatura lentamente nos ha presentado la necesidad de conciliar los objetivos encontrados de estos, en ocasiones confundidos actores de la empresa, de manera de lograr entender ¿qué es lo que se persigue con la “famosa” maximización del valor de la empresa que nuestros estudiantes acatan sin mayor cuestionamiento en nuestras aulas?

La maximización del valor de la empresa no puede lograrse sino considerando los intereses de todos aquellos que tienen un valor comprometido en la empresa. De aquí la denominación en el Inglés de “Stakeholder”, es decir, tenedor (holder) de valor (stake). Una especial atención a este concepto nos permitirá reflexionar acerca de aquellos que realmente tienen un valor comprometido en la empresa. Esto es, accionistas (o aquellos inversionistas que adquirieron un activo financiero con carácter de residual), clientes (ya mencionados anteriormente), proveedores, empleados, ejecutivos, el Estado, bonistas, bancos comerciales y otros acreedores, sólo por mencionar algunos.

Todos ellos son “dueños” de una porción de esto que llamamos empresa, aquella que refleja su verdadero valor comprometido. Esto es, los empleados deberán celebrar de manera entusiasta una estrategia de crecimiento acertada, por cuánto asegurarían su renta mensual y el prestigio de trabajar en una empresa exitosa. Los clientes estarán satisfechos de saber que su proveedor es financieramente solvente y que serán abastecidos oportunamente. El Estado encontrará la satisfacción de recaudar mayores impuestos de una empresa generadora de valor (que se traduzca en sus resultados) antes que de una que apenas puede cumplir con sus compromisos más exigibles. Lo que aquí estamos diciendo es que todos tienen el legítimo derecho de apropiarse de la empresa en tanto perciban que su riqueza está comprometida en ella – dicho de otra manera, que la maraña de contratos resulte estratégica para ellos-.

No obstante, ahora corresponde cuestionarse: ¿Quiénes, en definitiva, tienen en sus manos el timón de la empresa? La respuesta, estimado lector, es de carácter financiero (por fortuna y competencia del autor). Es un problema de RIESGO involucrado en la empresa. Aquel stakeholder que presente el mayor riesgo comprometido en la firma será quien sustente el poder y el incentivo necesario para movilizar este núcleo de contratos (llamado empresa) en la dirección que le sea más propicia. ¿Será ésta la más favorable para todos los stakeholders? Esta pregunta es aún controvertida y ha abierto un gran campo de investigación sobre la materia. Podrá el lector juzgar por sus propios medios...

Ciertamente, si el accionista tiene un derecho residual sobre los activos de la empresa, es motivo más que suficiente para que en numerosas oportunidades nos encontremos conque estos actores son precisamente aquellos que presentan el mayor riesgo involucrado en la empresa. Nada de extraño entonces, si son estos los que finalmente diseñan y llevan a cabo las estrategias empresariales.

Ahora bien, cuando por ejemplo, nos enfrentemos a distintas alternativas de inversión sobre las que tengamos que determinar aquella que resultará más apropiada, ya no podremos asegurar con toda soltura que corresponderá a la que maximiza el valor del patrimonio. Más bien, tendremos que cuestionarnos primero, ¿quién tiene el mayor riesgo involucrado? o bien, ¿quién tiene la gestión del negocio? e incluso, ¿cuál será aquella que maximiza el valor de todos los stakeholders?

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